El horizonte.


Observo sobre el mar el horizonte y, es que, no me gusta seguir las reglas del juego aunque, de verdad, lo intento. A veces, siento que lo único que quiero es jugar con los delfines sin preocuparme de cuál es mi nombre o que será de él. Pero la marea nos arrastra, nos empuja a crear un alguien, un por qué y yo me pregunto si tenemos claro… ¿para qué? o lo más inquietante… ¿para quién?.

Solo quiero nadar sin ambición, solo la del corazón, es la que más importa. Pero el mar sigue empujando sin esperar a nadie y nos muestra sus corrientes que son muy rápidas y nos hace topar con depredadores que a mí no me gustan, prefiero mis delfines… pero, en serio, quiero seguir las reglas del juego.

Sigo con la mirada en el horizonte y me pregunto cuántas cosas me estoy perdiendo por no mirar hacia otro lado, aunque sea por un instante, y, es que, las reglas nos dictan que hay que llegar a él de manera vital lo antes posible, pero, ¿qué pasa si aún no quiero alcanzarlo? ¿y si quiero quedarme a mitad, esta vez, jugando con un pez globo? Pues me ha dicho un caballito de mar, al oído, ¡que te conviertes en alguien deleznable! ¡Que alguien me rescate de este mar! o mejor… ¡no! Pero podéis decir que lo estoy intentando aunque no sigo las reglas del juego.

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