La era del artificio y la estupidez: Construyendo réplicas.


Hoy escuchaba a una mujer decepcionada por no tener novio y al darle la oportunidad de reclamar uno lo primero, y único, que dice es: “quiero un novio que tenga dinero y sea guapo”. Lo que yo me he preguntado inmediatamente es si ella tendría dinero porque muy guapa no era… Y, es que, este es un síntoma más de la era en la que vivimos, momento histórico de superficialidad, artificio y estupidez. Es por eso que quiero reflejar lo que en mi opinión define a nuestro tiempo, aunque, aviso, no son más que delirios de un ignorante confeso.

Construyendo réplicas.

Las relaciones sociales son un hecho que como especie nos ha definido desde el principio de los tiempos. A lo largo de los siglos hemos desarrollado estrategias para relacionarnos con los demás y ser aceptados. Actualmente, gracias a la dictadura de la apariencia, hemos llevado estas estrategias a un nivel absurdo y excesivo. Nos hemos convertido en constructores de réplicas de un “yo” idealizado.

Una forma innovadora de hacerlo es gracias a las nuevas tecnologías. Ahora, las relaciones humanas se enlatan. Nos proyectamos a través de una pantalla al mundo dando una imagen del “yo” construida a través de imágenes y textos ofreciendo aquel que queremos ser y aquel que quisiéramos que crean que somos. Coleccionistas de “likes”, amigos y seguidores que seguramente no conozcamos nunca buscamos en la red la aprobación de una sociedad digital haciendo un ejercicio de extraño hedonismo.

Pero esa construcción del “yo” también se hace evidente fuera de la red, en algunos casos de una manera más tradicional, y en un sentido más estético, físico y, en cierto modo, intelectual.

Algo que me divierte mucho es la facilidad con la que nos dejamos influenciar por las modas, podemos hacer una retrospectiva gracias a nuestras fotos para ver y, en ocasiones, avergonzarnos de nuestros looks. Hacemos extensible y proyectamos nuestro “yo” en los complementos (ropa, objetos tecnológicos…) que cambiamos y adaptamos dependiendo de los estímulos externos que recibimos con la necesidad de seguir patrones que nos hagan pertenecer y ser aceptados en un determinado grupo étnico del mismo modo que nos posiciona en diferentes estatus sociales creando una identidad temporal y convenida. Queremos evidenciar, de nuevo, de manera directa y a primera vista, aquel que queremos ser y aquel que quisiéramos que crean que somos.

En el ámbito del intelecto no es muy diferente, aunque parezca extraño, también aquí somos víctimas de las modas. En un esfuerzo por actualizarnos y sentirnos integrados en las conversaciones de nuestro círculo social, construyendo un intelecto superfluo y ficticio, vemos la última serie de televisión, leemos el último best seller, escuchamos al cantante o seguimos al artista de moda, ¿quién no conoce “Cien sombras de Gray”, “Mad Men” o al artista callejero “Banksy” ? No se profundiza en nada pero suficiente para ofrecer, una vez más, aquel que queremos ser y aquel que quisiéramos que crean que somos.

Pero algo más inquietante es la profanación de nuestro templo más personal, cambiamos nuestro eidos y nos convertimos en réplicas plásticas. Nariz, pómulos, labios, pechos, glúteos… todo es posible para construirnos una apariencia a la carta y afín a los cánones del momento que, por supuesto, nos harán encajar mejor y destacar sobre los demás al mismo tiempo que dejan al descubierto nuestras inseguridades y complejos.

En definitiva ,todo esto evidencia que el resultado del “yo”, aunque debiera ser una proyección de nuestro ser individual, incorruptible e innegociable, es colectivo, influenciable y permutable, lo que aceptamos de buena gana si así somos bien considerados socialmente.

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